
APRENDIENDO A COMPARTIR
Vivimos en una sociedad con tendencia al individualismo. Cada vez las relaciones interpersonales son más superficiales, e incluso en la familia, las relaciones de los padres con los hijos, más distantes. En la actualidad hay muchos niños que no conocen la palabra compartir. No tienen hermanos con los que compartir el tiempo de sus padres, la habitación o los juguetes. Y si los tienen, los propios padres les organizamos la vida para que tengan satisfechas sus necesidades sin tener que recurrir a compartir. Nos parece que teniendo más cosas, nuestros hijos serán más felices.
El periodo sensitivo de la generosidad aparece alrededor de los siete años, pero desde los tres años, cuando ya el niño ha tomado conciencia del propio yo y es capaz de distinguir a los demás como algo distinto de él mismo, se pueden ir poniendo las bases de la futura generosidad con el ejemplo.
Enseñar a nuestros hijos y nuestros alumnos a compartir, pasa por que nosotros sepamos y queramos hacerlo. Pasar tiempo jugando con ellos, atender sus conversaciones aunque nos parezcan intrascendentes, alegrarnos con ellos en sus pequeños o grandes logros, apoyarles en sus pequeños fracasos, que nos vean compartir algo nuestro, … es la mejor forma de poner los cimientos de una personalidad generosa.
Sabemos que los niños hasta los 6 años son como esponjas y su medio de aprendizaje más eficaz es el ejemplo. Si le prestas alguna cosa tuya, dentro del sentido común y de la edad del niño, él aprenderá a compartir sus cosas. Si te ve contento cuando compartes algo, entenderá perfectamente que compartiendo se está pareciendo más a mamá o a papá.
Un plan de acción familiar que ayudaría a mejorar la generosidad en la familia, podría consistir en pensar en algo concreto que podemos compartir con los demás miembros de la familia durante esa semana. Decirlo en alto e intentar cumplirlo, como los mayores, los siguientes días, le hará sentirse importante.
Fdo: Margarita Fernández García.